Antiguo traje de novia riojano.

Bodas a la Riojana: Un Viaje Profundo por las Costumbres Nupciales de Nuestra Tierra 

Del rastro de paja al arroz con cava: así es el rito de unir dos vidas en esta tierra de vino y alegría. 

Donde el Corazón Echa Raíces 

Queridos lectores, permítanme que los invite a un viaje, no a través de las sinuosas carreteras que se pierden entre viñedos, sino a través del tiempo, para adentrarnos en el alma de una celebración que en La Rioja es mucho más que un simple acto: el matrimonio. En esta tierra de contrastes, donde la sobriedad del románico convive con la vivacidad de sus gentes, el rito nupcial ha sido, desde siempre, un espejo de nuestra identidad. Un ritual forjado por la familia, la comunidad y, cómo no, por la tierra que nos da el sustento y el vino que riega nuestras fiestas. Al recorrer este reportaje, descubriremos cómo el compromiso de dos vidas ha evolucionado, pasando de un solemne contrato comunitario a una expresión de amor profundamente personal, pero siempre anclado en la esencia de lo que significa ser riojano. 

Del Cortejo al Compromiso: La Raíz de una Promesa 

El noviazgo en la Rioja de antaño no era, en absoluto, una aventura privada. Se trataba de un rito social que concernía a toda la comunidad y que estaba intrínsecamente ligado a la vida del pueblo. Los jóvenes se conocían en el día a día, en las labores del campo, ya fuera yendo a recoger agua, cuidando el ganado o en los bailes y fiestas que dinamizaban la vida social de la época. Un paso fundamental en este proceso era el rito de la entrada, una ceremonia que marcaba el paso de un muchacho de dieciséis años de niño a mozo del pueblo. Este rito, que implicaba invitar a los demás mozos a unas jarras de vino, era la llave para ser reconocido como un miembro elegible del grupo de jóvenes casaderos.

La pedida de mano, tal como la conocemos hoy, distaba mucho de ser un gesto romántico. En el pasado, era un acto formal y solemne entre las familias, una reunión donde, más que pedir la mano de la novia, se negociaban los acuerdos económicos y se establecía la dote. Era una demostración de respeto del novio y sus padres hacia la familia de la novia, un momento para que ambas partes se conocieran mejor y discutieran los detalles del futuro enlace. Este enfoque contrasta notablemente con la pedida actual, que ha evolucionado hacia un momento más íntimo, a menudo una sorpresa romántica, y la reunión familiar posterior se convierte en un pretexto para una celebración, no para un acuerdo comercial.

Una vez que el compromiso estaba sellado, se anunciaba a la comunidad a través de los proclamos. Estos eran un acto festivo que precedía a la boda y solían durar tres días. Una de las tradiciones más singulares de este preludio era la creación del rastro de paja. La noche anterior al primer proclamo, los mozos y mozas creaban un sendero de paja que unía la iglesia con las casas de los novios, un gesto simbólico que representaba el camino que estaban a punto de iniciar juntos.

El matrimonio en nuestra tierra, por tanto, era percibido como un contrato comunitario y económico. Los rituales previos a la boda, con su énfasis en la dote y en la recolección de bienes a través de la espiga, demuestran que la unión no era solo de dos individuos, sino de dos economías familiares. La ceremonia se celebraba en y para la comunidad, y a cambio, la comunidad se aseguraba de que la nueva pareja tuviera el apoyo y los recursos necesarios para iniciar su vida. Esta perspectiva comunal del matrimonio, un evento de subsistencia colectiva, difiere drásticamente de la concepción actual, en la que la pareja organiza el evento para sus invitados y la contribución de la comunidad se ha transformado en un simple regalo monetario. 

Ilustración rastro de paja.

La Ceremonia y su Danza: Entre lo Sagrado y lo Profano 

El día de la boda, el ambiente se cargaba de solemnidad y folclore. El cortejo nupcial se iniciaba con el novio, quien partía de su casa acompañado del tamboritero y una multitud de invitados para buscar a la novia. La vestimenta reflejaba este carácter ceremonial. El traje de la mujer logroñesa del siglo XIX, por ejemplo, era notablemente sobrio y austero. Hecho de otomán, un material difícil de encontrar hoy en día, era completamente negro y cubría a la novia por completo, un reflejo del decoro de la época.

Esta sobriedad contrastaba con los trajes más coloridos y adornados que se usaban para las danzas y otras festividades regionales, como los de los Danzadores de Anguiano o los de Calahorra. Esta dicotomía revela la dualidad de la identidad riojana: por un lado, la seriedad y el respeto a la institución del matrimonio; por otro, la explosión de alegría desbordada del folclore. 

En un contexto religioso, el vestuario de la novia, íntegramente de negro, no era solo una elección de moda. Este color, a menudo asociado al luto, también simbolizaba la modestia, la sobriedad y la seriedad del sacramento que se iba a celebrar. La cobertura total del cuerpo no era aleatoria, sino un reflejo del estricto decoro social y la posición de la mujer en el siglo XIX. Así, el traje no era una simple prenda, sino un dictado social que comunicaba valores y roles. 

Dentro de la iglesia, se llevaban a cabo rituales de gran simbolismo. La entrega de las arras y las alianzas era el momento culminante. Las arras, trece monedas, representaban la promesa de compartir los bienes materiales. Doce de ellas simbolizaban la prosperidad de cada mes del año, mientras que la decimotercera se destinaba a los desamparados, un gesto de caridad que sellaba la bendición y la abundancia. Las fórmulas litúrgicas, como «recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes que vamos a compartir», convertían este simple acto en un testimonio de responsabilidad y amor compartidos.

Tras la ceremonia, se celebraban ritos de fertilidad que unían el matrimonio con la tierra. La madre del novio sembraba puñados de trigo sobre las cabezas de los recién casados. Este acto era una plegaria por la fecundidad de la pareja y, al mismo tiempo, una manifestación de la profunda conexión entre el ciclo vital humano y el ciclo agrario. Era un recordatorio de que su unión era parte de un sistema mayor, de la tierra que les daba vida y sustento.

Antiguo traje de novia riojano.

El Alma del Convite: Un Banquete de la Tierra 

Una boda en La Rioja no se entiende sin un buen banquete. Más que una simple comida, el convite era la apoteosis de la fiesta, una celebración de la abundancia que la tierra ofrecía. Los menús de antaño eran una oda a la cocina de la tierra, con platos de cuchara contundentes como los caparrones o las pochas, guisos perfectos para los días fríos de invierno. No podían faltar los asados, como las chuletillas al sarmiento, que conectaban directamente la mesa con los viñedos de la región, o la menestra de verduras fresca, que rendía homenaje a la fértil huerta riojana.

El vino, por supuesto, tenía un papel omnipresente. En las fiestas populares, el clarete se bebía de un porrón, refrescado en el agua de los manantiales. En las bodas, el vino es el hilo conductor, un símbolo de alegría y celebración. Hoy en día, esta conexión se ha modernizado con la popular «Ceremonia del Vino», un rito simbólico en bodas civiles donde la pareja mezcla un vino blanco y un tinto en un solo decantador, representando la fusión de dos vidas en una sola e inseparable. Este ritual demuestra que, aunque la forma ha cambiado, el simbolismo perdura. 

Ceremonia del vino

La gastronomía en La Rioja es una manifestación de identidad y de comunión. Al igual que muchas otras festividades de la región, como la Batalla del Clarete o la Fiesta del Pan y Queso de Quel , las bodas giran en torno a la comida y el vino. El menú de la boda, con sus platos enraizados en la huerta y el viñedo, es una ofrenda que la tierra hace a los contrayentes y sus invitados. Es un acto de generosidad que no solo alimenta el cuerpo, sino que cimenta a la nueva familia dentro del ecosistema cultural y agrícola de la región. El dicho «La Rioja conforma un matrimonio perfecto entre su vino y su gastronomía» es la síntesis perfecta de esta profunda relación. 

Folclore y Travesura: Curiosidades que el Tiempo No Borra 

El folclore riojano se manifestaba de manera singular en el ritual nupcial, a menudo con un toque de humor y travesura. La cencerrada era un ritual ruidoso y burlesco para aquellos que se casaban por segunda vez, especialmente si eran viudos. Los vecinos se unían en una procesión desordenada, armando juerga con cencerros, sartenes y calderos. Aunque se consideraba una «broma de buen género», las autoridades de la época no la veían con buenos ojos e incluso la prohibieron en algunas ordenanzas municipales de finales del siglo XIX.

Las anécdotas de personajes locales, como el famoso «Cojo de Castañares», nos permiten entender el espíritu festivo y aventurero de las gentes riojanas. Se dice que el Cojo y otro personaje conocido como Bandurria protagonizaron historias de juerga y pillería que se contaban en todo el pueblo, demostrando que la historia de un lugar no se teje solo con grandes hitos, sino con las vidas cotidianas y los apodos de sus gentes. 

La jota riojana era otro componente esencial del folclore nupcial. A diferencia de los solemnes votos matrimoniales, la jota era un reflejo del sentir popular, llena de picardía, humor y un crudo realismo. A través de sus letras, se expresaban sentimientos que la formalidad no permitía. Las jotas hablaban del desengaño amoroso, como en el verso «Yo me enamoré de noche, y la luna me engañó» , o de la dura realidad del matrimonio y la convivencia: «la que se case conmigo, no sé lo que ha de comer». Estas canciones y rituales no eran meros pasatiempos. La cencerrada y las jotas representaban una forma de expresión comunitaria que a menudo comentaba o incluso desafiaba las normas sociales establecidas. Funcionaban como una «válvula de escape» cultural, permitiendo a la comunidad expresar colectivamente sus valores, sus quejas y sus deseos de una manera que la solemnidad de la iglesia o del ayuntamiento no permitía. Eran el pegamento social que cimentaba la comunidad. 

Pan de boda

Bodas Riojanas en el Siglo XXI 

El siglo XXI ha traído consigo un cambio cultural sin precedentes en La Rioja, un giro que se refleja de manera contundente en la forma en que las parejas deciden casarse. Un estudio reciente reveló que las bodas civiles han superado a las religiosas, invirtiendo una tendencia histórica. Las cifras son elocuentes: en 2013, los matrimonios civiles representaban el 65% del total, mientras que en 2022 esa cifra se disparó hasta el 81%. Este cambio de paradigma tiene múltiples causas. Por un lado, la crisis económica ha llevado a muchas parejas a buscar ceremonias más sencillas y menos costosas, lo que a menudo las aleja del tradicional rito religioso. Por otro, el aumento de la convivencia sin matrimonio formal y la figura legal de la pareja de hecho también han influido en el descenso general de los enlaces.

Pero más allá de las estadísticas, lo que se aprecia es una profunda secularización del rito. El matrimonio ha pasado de ser un sacramento y una obligación social a una elección personal y legal. Las parejas ya no se casan únicamente ante Dios y la comunidad, sino que celebran su amor ante sus seres queridos. La elección de celebrar la boda en una bodega o una finca rústica, en lugar de la iglesia tradicional, simboliza esta transformación. 

Aunque el rito se seculariza, la necesidad de ritual y de compartir con la comunidad se mantiene. Esta se manifiesta en nuevas costumbres, como la «Ceremonia del Vino», y en los regalos personalizados a los invitados, a menudo botellas de vino de la tierra.

Un ejemplo fascinante que encapsula la esencia de la nueva boda riojana es el enlace celebrado en Bezares, un pequeño pueblo que no había visto una boda en casi 60 años. La novia llegó a la iglesia en la pala de un tractor, cumpliendo su sueño y rindiendo un sentido homenaje a las raíces rurales de su tierra. Esta anécdota demuestra que las bodas riojanas de hoy son eventos personales y únicos que, a pesar de su modernidad, no han olvidado de dónde vienen. 

Un Brindis por el Futuro 

En este viaje por las bodas a la riojana, hemos visto cómo las costumbres han evolucionado, reflejando los cambios sociales y económicos de cada época. Sin embargo, en el fondo, la esencia del rito ha permanecido inmutable: la celebración de la unión de dos personas, el papel fundamental de la familia y la comunidad, y una buena mesa regada con el vino de nuestra tierra. 

La boda riojana de hoy es como un nuevo vino de un antiguo terroir: distinta en su forma, pero con el mismo alma. Las parejas eligen sus propios caminos, sus propios rituales, pero la herencia cultural que les une a la tierra y a su gente sigue viva. Que este recorrido nos sirva para apreciar la riqueza de un patrimonio que se renueva con cada «Sí, quiero» y con cada brindis. Por todas las parejas, pasadas y futuras, y por la resiliencia de una cultura que sabe celebrar la vida con una copa en la mano. 

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